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Aranceles de Trump: de castigo comercial a herramienta de control político global

Desde el inicio de su segundo mandato, Donald Trump ha convertido los aranceles en el eje central de su política económica y diplomática. Lejos de limitarse a un mecanismo punitivo para corregir desequilibrios comerciales, los gravámenes se han transformado en una herramienta de presión política global, utilizada para inducir comportamientos, condicionar decisiones estratégicas y reforzar el poder negociador de Estados Unidos en el escenario internacional.

Trump, quien se ha autodenominado “el rey de los aranceles”, sacudió los mercados globales en abril pasado al anunciar aranceles “recíprocos” sobre importaciones de casi todos los países del mundo, bajo el argumento de reducir el déficit comercial estadounidense. Aunque los mercados reaccionaron con fuertes caídas, con el paso de los meses quedó claro que el verdadero objetivo iba más allá de una corrección económica inmediata.

Aranceles como instrumento de coerción política

De acuerdo con el economista Robert Blecker, los aranceles impulsados por Trump operan en dos niveles. “Por un lado están los objetivos declarados, como revitalizar la manufactura y recuperar empleos. Pero, por otro, la administración los utiliza —y sobre todo amenaza con ellos— para influir en el comportamiento de otros gobiernos y moldear la política mundial”, explicó.

El ejemplo más reciente se produjo este fin de semana, cuando Trump amenazó con imponer aranceles a ocho países europeos miembros de la OTAN que enviaron tropas a Groenlandia para proteger la soberanía del territorio. El mandatario aseguró que los gravámenes se mantendrían “hasta que se alcance un acuerdo para la compra completa y total de Groenlandia”, aunque dejó abierta la puerta a negociaciones bilaterales.

Blecker añade que existe un componente personal en esta estrategia: “A Trump le gusta decidir cuál es el acuerdo. Disfruta que gobiernos y empresas tengan que negociar directamente con él para obtener concesiones”.

Críticas y dudas sobre su efectividad

Desde el ámbito académico, la estrategia genera escepticismo. Alton Worthington, profesor de la Gerald R. Ford School de la University of Michigan, advirtió que los aranceles pueden aislar a Estados Unidos de los mercados globales. “Históricamente, la autarquía no ha producido los beneficios macroeconómicos que prometen sus defensores”, señaló.

El regreso del bilateralismo

La política arancelaria de Trump refleja su preferencia por el bilateralismo, una lógica coherente con su visión empresarial inspirada en El arte del trato. En lugar de fortalecer acuerdos multilaterales, el mandatario impulsa pactos hechos a la medida de cada país, intercambiando reducciones arancelarias por concesiones estratégicas.

Para Blecker, es como si Trump hubiera creado “una nueva moneda de poder” que le permite negociar influencia global mediante un sistema de trueque político-comercial.

China, el verdadero objetivo

El trasfondo de esta estrategia es la competencia directa con China por el liderazgo global, especialmente en sectores clave como semiconductores, inteligencia artificial y materias primas estratégicas. Trump busca atraer inversión, fortalecer la producción nacional y reducir la dependencia de las cadenas de suministro asiáticas.

Sin embargo, los expertos advierten que los aranceles no garantizan una ventaja estructural frente a Pekín. “Debilitan a Estados Unidos en términos de poder global y solo sirven para tensionar relaciones con aliados”, concluyó Blecker.

Así, los aranceles de Trump han dejado de ser un simple instrumento económico para convertirse en una herramienta de control político, con efectos que trascienden el comercio y reconfiguran el equilibrio de poder internacional.